Velas de Taller

Carmen Solís

Editora de Velas de Taller

Sobre mí

Trabajé en el piso de una tienda de ropa en Guadalajara la mayor parte de mis treinta. Sabía de temporadas, de telas, de lo que la gente deja ir a rebajas y lo que se lleva sin pensarlo dos veces. Cuando la tienda cerró en 2022 empezó el período de desempleo más largo de mi vida.

Encendí una vela una tarde sin mucho plan y me pregunté si podría hacer la siguiente yo misma. Saqué los crayones del cajón y la olla que ya no usaba para cocinar. El primer lote quedó chueco. El tercero produjo tanto humo que abrí todas las ventanas. Para el quinto ya llevaba costos en papel cuadriculado. Ximena, la vecina del departamento de abajo, fue quien olió la cera desde el pasillo y me dijo que tenía que venderlas. Por eso fui al Tianguis del Parque de Chapalita. Esa primera fecha cubrió su propia renta de mesa y desde ahí no paré.

La cocina en la Colonia Chapalita se fue convirtiendo en taller con el tiempo. Ahora tengo una estufa de dos quemadores dedicada solo a fundir cera, un anaquel de tubería galvanizada con frascos etiquetados a mano y un ventilador de techo que corre casi siempre durante las coladas. En ese espacio llevo cuatro años probando tipos de cera, calibrando pabilos y registrando qué cargas de fragancia aguantan dos semanas sin perder aroma al quemarse y cuáles se desvanecen a los tres días.

Los cursos online llegaron como una forma de no aprenderlo todo a la mala. Algunos ayudaron. Otros prometían más de lo que entregaban. Esperanza Treviño, con quien coincidí en el grupo de Telegram de un curso de Hotmart a principios de 2023, ahora me manda comparativos de precios de insumos desde Monterrey cada vez que los números cambian. Ese tipo de intercambio entre quienes realmente producen vale más que cualquier módulo grabado.

Sin credenciales de coaching detrás de nada. Todavía aprendo a la mala cada par de lotes, y cuando el error es mío, lo digo en el texto.

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Aviso

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